Creatividad

El candidato ideal

¿Iría por el currículo número…? —se preguntó.
No lo sabía con certeza, a menudo solía perder la cuenta.
Su trabajo era monótono, cogía un montón de hojas que, específicamente, pedía impresas para estudiarlas.
Marcaba lo que le parecía importante en ellas, hacía anotaciones e indicaba alguna interrogante que le quedaba rondando, esto era fundamental, así cuando se viera cara a cara con el candidato, sería directo y buscaría una respuesta certera.
La soltaba de refilón, era una entrevista no un interrogatorio —lo tenía claro.
Aparentaba ser ameno, soltaba un comentario que quitaba seriedad al hecho de estar buscando trabajo, simulaba estar de cháchara, aunque esto no era así, era una simple apariencia para captar la atención del entrevistado y, con ello, conseguir la información que requería.
Mientras revisaba las hojas podía darse cuenta de quien mentía, a pesar de no conocer al postulante, su huella analógica lo delataba, poner demasiadas florituras y aparentar tener más experiencia de la que se tenía, era algo que se pillaba fácilmente, también tenía que ver la edad, no era necesario saber demasiado —meditó.
En ocasiones se topaba con datos baladís —con que pusieran cuatro cosas, bien puestas, bastaría.
No era necesario colocar tantas palabras vanas, vacías, que solo buscaban atarantar a quien revisara lo que estaba escrito en ellas, en aras de causar asombro y conseguir ser tomado en cuenta en el proceso.
Ciertamente, esto, sobre el papel, podía servir, pero rasgando, rebuscando alguna de las informaciones colocadas, se venía abajo el andamiaje de falacias que colocaban.
Asimismo, durante el proceso de selección, cuando estaba conociendo a los candidatos, algunos comenzaban a contarle su vida.
Comenzaban en el plan, yo me dedicaba a…, mi camino se torció por…, pero mis aspiraciones….
Esta parte del proceso era cansina, resultaba insustancial, pues no le valía de nada conocer las circunstancias de quien estaba postulando al puesto.
Quizás, como les hablaba amigablemente, pensaban que estaba delante de alguien empático, cuando en realidad era lo contrario, si ofrecía charla era porque así se lo requería la labor que efectuaba, pero la gente lo solía confundir.
A pesar de que esta confusión a él le desagradaba, lo usaba para sus intereses, podía conseguir información que, a otros, en su mismo puesto, les resultaba difícil. Tal vez por eso estaba ahí, por eso lo tenían encasillado, sin posibilidades de ascender. Lo intentó, pero le dejaron claro que su lugar era trabajar en el área de recursos humanos, para dar énfasis a su afirmación le soltaban la muletilla: para qué cambiar si has nacido para ser entrevistador.
—Se resignó a seguir en lo suyo.
Continuó revisando más currículos, seleccionando los que le parecían relevantes, colocando los desechados, los que terminarían en la basura, a la izquierda y los mejores, a los que llamaría, a la derecha.
Así pasaba su tiempo, en un proceso que, si fuera automatizado, resultaría más sencillo, pero como era manual, requería estar leyendo uno por uno los informes.
Hacerlo de este modo le parecía decimonónico. No le entraba en la cabeza que una empresa de esta época tuviera a alguien centrado en revisar línea por línea si el perfil valía, o no, la pena.
Si no fueran tan gañanes invertirían dinero en modernizar su departamento, pero para esa gente era esencial ahorrar, tener beneficios, aun cuando tuvieran a una sola persona haciendo el trabajo de varias.
Tras esto, se organizaba para programar las entrevistas, dependiendo de la cantidad (y de las ganas) de quienes respondían, podía hacerlas grupales o individuales.
Cuando eran grupales solía demorarse poco, porque solo decía un par de cosas y luego los despedía, no sin antes resaltar los nombres de quienes le parecían adecuados para el puesto. Por otro lado, si no había demasiados las hacía individuales, esto implicaba invertir más tiempo y terminar más aburrido.
Después de varias horas, llevaba pocos perfiles seleccionados, todos tenían, grosso modo, las mismas formulaciones, no había uno que se saliera de lo común, seguían los mismos parámetros, el mismo modelo y no se preocupaban en hacer cambios que resultaran más interesantes.
Si solo hubiera uno que cumpliera al ciento por ciento los requisitos que solicitaban en la oferta, con experiencia en varios campos y al que le interesada el sueldo que indicaban —le bastaría—, pero esto era una quimera, una utopía, no había nadie que fuera perfecto para el puesto.
Volvió sobre los seleccionados, a pesar de ser pocos tendría que coger el teléfono y proceder a llamar, esperaba que no fueran tontos y que todos estuvieran interesados, ya que siempre se topaba con el listo de turno que esperaba una entrevista telefónica (se denotaba por la cantidad de preguntas que realizaba), otros, argumentaban que no estaban interesados y los menos (por suerte), que se habían equivocado al momento de inscribirse.
Siguió elucubrando sobre el candidato ideal, si solo hubiera uno, sería perfecto, sería al primero en llamar, mandaría al resto de perfiles al carajo, se enfocaría en darle todas las señales que quisiera y responder las preguntas que hiciera, en este caso valdría la pena dedicarle tiempo.
El candidato perfecto −repitió−, sería su primera opción, si le contestaba tendría menos jaleo por delante y podría cogerse unas cortas vacaciones, hasta el próximo proceso de selección en donde volvería a seguir los mismos pasos, leer los currículos, seleccionar los válidos y los que no, depositarlos en la basura.

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