Creatividad

Lance enrevesado

El grupo estaba inmerso en una discusión —yo no tenía ninguna idea de lo que hablaban—. Durante la charla estuve en silencio, no quería obviar detalles de la disputa, era interesante su interactuar dialéctico.
En ciertos instantes pensaba en lo genial que sería tener esa cantidad de conocimientos, poder hilar ideas y, mejor aún, tener un pensamiento abstracto tan elevado.
El manejo que tenían del lenguaje era destacable. Había términos que no entendía, pero sonaban bien.
Pasaban de un tema a otro con facilidad, no había nada de lo que no pudieran hablar.
En ese momento me sentí afortunado de ser testigo de un espectáculo así.
Si hubiera tenido su misma formación habría intervenido, dar mi opinión, pero no me sentía capaz, me daba corte hablar y no ser acertado con mi juicio —pensé.
Al concluir su charla se despidieron, tenían que entrar a clases y no podían seguir de cháchara.
Yo me quedé pensando en lo genial que sería manejar los conocimientos que ellos ostentaban, por esta razón no era una mala idea pedir asesoramiento, para que me contagiaran algo de su sabiduría.
Así pasaron varios días, estaba dubitativo, no tenía claro cómo abordar y plantear mi idea, pedir asesoramiento, pero tras darle vueltas, comprendí que debería dejar de lado el temor y embarcarme en la aventura.
Es así como un día me decidí a solicitar consejos para empezar a adentrarme en el mundo de la cultura. Necesitaba un guía, alguien que me indicara el mejor camino a seguir. Era consciente de que era un proceso, tendría que seguir a pie juntillas lo que me dijeran.
Me llené de ánimo y me acerqué a uno de los preparados. Como sabía que estaba en inferioridad intelectual, fui con cuidado, no quería ser un cateto más, de los que abundaban por el claustro.
Ser señalado como un paleto era lo peor, nadie te tomaba en serio.
Quería ser sutil y, de soslayo, pedir alguna recomendación, un manual para leer, una introducción… quería ir poco a poco, no enfrentarme a retos que tal vez, no cumpliría.
Cuando fui al sitio en que solían estar, la escena se repitió, hablaron un rato y se despidieron.
Me acerqué al que me dio más confianza, esperando que fuera amigable y apaciguara mis inquietudes.
Por suerte me indicó el nombre de un pequeño texto, en sus palabras, no sería difícil conseguirlo, lo tenían en la biblioteca, solo era necesario tener carné para llevarlo a casa.
Obtenerlo era sencillo, tendría que acercarme al mostrador y rellenar un formulario, lo entregaban al instante, con esto se podía llevar hasta tres libros fuera del recinto.
Efectivamente, fue tan simple como me lo indicaron.
Era un libro antiguo que estaba en las últimas, tuvo mejores tiempos, ¿de qué año sería?, parecía una pieza de museo por lo amarillento de sus páginas, si no se tenía cuidado se podían salir las hojas.
Como no quería ser el culpable de cargarme aquella obra, fui pulcro en su manipulación, tuve la suficiente astucia para no estropearlo.
No sabía lo que pasaría si devolvía un libro en mal estado, la penalización que tendría que cumplir o, por otro lado, el modo de resarcir el estropicio.
Comencé con el estudio, me preparé unas tablas para hacer apuntes de lo que me pareciera interesante, de ese modo tendría una síntesis, me gustó la introducción. Sin embargo, noté que, conforme avanzaba, se volvía más intrincado, estaba escrito en un idioma que entendía, pero en ese momento se me hacía ininteligible, ¿me habría perdido algo?
No me consideraba menos listo que los demás, pero sí un profano en esas lides, con carencias de lecturas que, en ese momento, me hubieran servido para entender lo que estaba escrito.
Me sentí confundido, no podía ser tan difícil, igual podía buscar información sobre las cosas que no entendía y, con ello, seguir avanzando en la lectura.
Al solicitar la recomendación pensé que me darían un punto simple de partida, algo como para dummies, pero no un texto que fuera tan denso, pesado, empalagoso. Se me acaban los adjetivos para expresar lo que me hacía sentir, ya que esa sería la explicación más plausible para lo que estaba sucediendo.
El fascículo no era extenso, pero estaba escrito de un modo que no estaba enfocado a cualquier lector nobel, requería conocimientos previos para sacar partido de los conocimientos que había en él.
Esto era un inconveniente, uno que no presentí.
El tiempo pasaba, mi lectura no avanzaba, definitivamente me había estancado.
Cerré el libro, no pude continuar, se me hizo insoportable pasar de página, no era para mí, la paciencia y constancia no eran lo mío, a esto tenía que añadirle que estaba en primer año, más adelante me nivelaría.

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