Creatividad

Mientras cae…

A través de la ventana se podía ver como caía el agua. La gente apuraba el paso para no mojarse; algún despistado iba más pendiente del móvil y terminaba cayendo en uno de los charcos formados por el aguacero, en esa eventualidad, miró a todos lados, se levantó e hizo como si nadie se hubiera dado cuenta; retomó su camino. En otras circunstancias los viandantes se hubieran reído, pero cada quien se centraba en sus propósitos.
Estaba y no estaba, ¿cómo poder decírselo a su acompañante?, por más que lo viera ahí, se encontraba pensando en lugares alejados, en donde sintiera mejores sensaciones y se hallara más entretenido. No tenía las agallas suficientes, callaba, sonreía, asentía. Ponía cara de estar atento, pensaba en mis asuntos.
No tenía visos de que menguara la lluvia. ¡Se chove, que chova!, decían desde un lugar alejado, una forma de consolarse ante las inclemencias del clima. No estaba seguro si esa frase la escuchó por primera vez en un comercial de una cadena de supermercados o de otro producto; le sonaba —se repetía—, quería llegar a recordar, la memoria le jugaba malas pasadas. Tiempo perdido… solo tiempo perdido. Tenía cosas más importantes por hacer, sin embargo, era imposible, tenía que seguir las directrices, solo así podía cumplir a cabalidad su misión, no era difícil, pero requería cierto nivel de concentración. Debía despistarse de vez en cuando del trayecto, tenía que ver su teléfono, en una situación tal, era peligroso, podía resbalar, irse de cara, golpearse, más era necesario ganar tiempo, luego sería tarde para informarse y tomar cartas en el asunto. Estaba claro, nada bueno podía pasar cuando se iba abstraído en varias cosas a la vez; te centras o te expones a cualquier imprevisto.
Su interlocutor no se daba cuenta, al estar imbuido en su discurso perdía la percepción del entorno. Sus palabras eran vacías, sosas, sin contenido; eran simple ruido, no decían nada. Pensaba en las cosas urgentes que se encontraban sin hacer; en circunstancias así, todo le parecía más interesante, ver a la gente entrar y salir, la lluvia caer y el humo de los cigarrillos.
Una chica entró, parecía estar pasando frío, llevaba sandalias y una falda corta —vestimenta arriesgada en un momento así, podía resfriarse—. Se acercó a la barra e hizo un pedido, no tenía mala pinta, se veía bien; tiritaba. De repente, un tipo entró y se sentó en un lugar cercano, de vez en cuando soltaba una mirada, era como si la estuviera tanteando, quería percatarse de sus modos, gestos y movimientos. Tal vez se levantaría a decirle unas palabras, pero para hacerlo, era necesario ganar algo de confianza… carecía de ella.
Esos pensamientos me alejaban de la realidad. De una forma curiosa todo era un sinsentido. No era necesario extenderlo más, podía levantarme; decir un par de cosas y cortar por lo sano. No sé si sería demasiado brusco, con esa actitud heriría a alguien, estaba hastiado. Necesitaba un motivo, solo uno para levantarme, disculparme e irme, nada del otro mundo.
La chica miraba a cualquier lado, como si estuviera evitando algo, quizás se olía las intenciones que llevaba el tipo —no claras del todo—. Estaba sentado, no hacía nada más, era como si se tuviera demasiada confianza. Su frío había menguado, se sentía más a gusto, la cuestión era pasar ese momento, total: nunca choveu que non escampara, como suelen decir.
La lluvia aumentó, ese espacio guarecía a todos, nadie tenía ganas de salir, tal vez por eso estaba ahí, escuchando, por la sencilla razón de no querer empaparme en la calle. Se podía ver por la ventana el mal clima, los malos momentos que estaban pasando afuera. Prefería estar como una estatua, escuchando frases sin sentido, sin las connotaciones que me apetecían, sin la carga emocional que precisaba, no recibía lo que quería, eran palabras sueltas, alejadas de mí, no las sentía cercanas y me producían una sensación extraña; podría dar el paso, pero algo me retenía, algo me decía que era mejor poner cara de tonto.
Las gotas de agua al chocar con el suelo parecían rebotar; pero en realidad, era la reacción a su caída libre y se desperdigaban por todos los lados; esa imagen se repetía miles de veces, era incesante. Mientras tanto, el local seguía llenándose, cualquier pretexto era bueno para protegerse.
Todo concluyó y no habría otra oportunidad; no se volvería a producir un momento así. La lluvia seguía cayendo, no pararía…

Mitchel Ríos

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