Creatividad

Fisgón

Al subir al vagón vi varios asientos disponibles, pensé en sentarme, pero como estaba a cinco paradas de mi estación decidí quedarme en pie.
De soslayo me fijé en alguien, llevaba el móvil en las manos, intentaba contactar con alguien (no dejaba de marcar un número), pero por lo visto del otro lado no querían saber nada de la llamada —parecía importante, solo eso explicaba su insistencia—.
Así estuve hasta notar, en el reflejo de la pantalla, un gesto en mi dirección, tal vez me había pillado. Como no estaba interesado en comprobar mi suposición intenté mirar hacia otro lado, enfocarme en algún punto alejado. No obstante, si no le apetecía ser observada, el transporte público no era el lugar más idóneo para ese cometido.
De repente, me centré en una persona con un periódico en las manos, despotricaba en voz alta sobre las noticias, iba soltando una perorata trasnochada, de esas emitidas a diario en los medios de desinformación. Daba repelús oírla hablar, su superioridad moral era extrema, hablaba en tono pedante, denostando a quienes pensaban diferente.
Suponía estar en lo correcto, por eso, en lugar de bajar el volumen de sus comentarios, lo elevaba, era una maleducada (sobreestimaba la inteligencia del resto).
Por un momento se me ocurrió replicarle, pero caí en su insustancialidad, sería una pérdida de tiempo, además comprobaría el impacto de sus comentarios.
Para no hacerme mala sangre, escuchando esas frases inútiles, volví a centrarme en lo del inicio, seguramente habría intentado contactar una decena de veces más.
Cualquiera optaría por descartar tal acción, pero era fácil hablar cuando algo así le pasaba al otro, lo complicado era estar en la situación, sentirse impotente al no recibir respuesta.
Tras analizar la situación caí en lo parcial de mi juicio, solo observaba un lado de la historia, de repente la otra parte tendría sus razones para no atender la llamada.

—Ni te molestes en llamarme —le dijo en tono hiriente y añadió— tú a lo tuyo, como siempre, con tu gesto egoísta y comportamiento pueril.
Este fue el desencadenante para terminar enfadados, el orgullo pudo más, ninguno dio su brazo a torcer, cada uno cogió un camino distinto.
Sin embargo, como casi siempre suele suceder, el eslabón más débil (o el más culpable) cedió, tras pensar en las tonterías dichas en ese momento acalorado.
Contesta, por favor contesta —pensaba, ahí recaía su insistencia—, uno se puede equivocar, a veces se dicen palabras ofensivas, producto del momento.
El tema era peliagudo no le apetecía hablar, seguiría intentando, sería en vano, su deseo (soltado al viento) de no hablar más, se había cumplido, llamaría más veces sin observar cambio alguno, sus insistencias chocarían con un muro infranqueable.
En tal tesitura solo le quedaría aguardar, darle tiempo y esperar la disolución del enfado, era inútil seguir llamando, pues si un minuto antes no le cogieron, lo más probable era recibir la misma respuesta un minuto después.
Ninguna diferencia es insoslayable, tras una buena charla, se amistarían, su relación volvería a la normalidad, volverían a sonreír y a ser cómplices, dejarían en el pasado aquel imprevisto, sería una discusión más, una de tantas. Aprenderían de aquel momento.
Salí de aquel ensimismamiento al escuchar el nombre de mi parada, no pude seguir cotilleando, mi parada era la próxima, me quedaría con la duda, no sabría si al final le contestaría.

APP

300

Dos