Creatividad

En la mañana

Como siempre subió al vagón. Acostumbraba a ubicarse en la parte de atrás, cerca de la primera puerta, desde ahí podía analizar a cada uno de los viajantes, así, se divertía.
Podría haber cogido su e-book, lo llevaba a todas partes, pero creyó que lo mejor sería ir apoyado en la puerta.
Cuando estaba de buen humor, saludaba a todos, se acercaba a cada uno y les estrechaba la mano, sin embargo, los despistados, en especial aquellos que iban con auriculares, no se daban cuenta.
Rememoraba el título de su nueva aventura, lo eligió al azar, dejó en manos de la suerte su lectura actual.
Pensaría que quería ofrecerle algo. Era usual que, a esas horas, los vendedores camparan a sus anchas.
Esto semejaba a comprar un libro solo porque le sobraban unas monedas y, al final, este terminaba gustándole, no sabía explicarlo al detalle, pero era como si alguien lo hubiera puesto en su radar.
Los presentes lo tomaron como un desdén, la intención era la de saludar, no la de venderle nada, pero esto, el tipo aquel, no lo sabía.
La escena le resultaba graciosa, ¿qué habría pensado el encargado?, solo a alguien que le fallaba la cabeza se le podía ocurrir una acción de este estilo.
Al notar que no responderían a su saludo, siguió —de refilón algún curioso observaba hacia donde se dirigía.
Hubiera sido mejor decir: me sobraron estas pelas, ¿qué puedo comprar?, así dejaría al gusto del librero, el ejemplar que le otorgaría
Llegó al final de los asientos, tras hacerlo volvió a dónde estaba inicialmente, pero se encontró con que su sitio estaba ocupado.
Pero de aquella vez a ahora, había pasado algún tiempo, ahora era enemigo de leer en físico, prefería el formato digital, le parecía más atractivo.
Se hizo a un lado y se ubicó en su zona.
Fue seducido el día en el que un colega le prestó uno de esos trastos, venía con un pen y se podía subrayar, así como hacer anotaciones, colocar ideas y cualquier otra cosa que se le ocurriera, todo quedaba en su inventiva.
Cada nuevo pasajero recibía un caluroso saludo de su parte. Se sorprendían.
Como a él no le gustaba maltratar sus libros, la idea de hacerlo en un formato de este tipo y no estropear las hojas, lo fascinaba.
El común de los viajeros estaba más acostumbrado a la indiferencia, a que estuvieran centrados en sus asuntos y no en que se fijaran en quienes subían.
Incluso si no le gustaban, podía borrarlas, bastaba con seleccionarlas y, como por arte de magia, la página quedaba impoluta.
Ninguno se quedaba sin recibir el gesto de cortesía, cualquiera diría que trabajaba para la empresa de trenes.
Cosa que no sucedía con el papel, si te equivocabas al hacer una marca, borrarla implicaba dañar (manchar) la hoja.
Solo le faltaba llevar el uniforme reglamentario y listo, un servidor público más.
Esto era importante, la posibilidad de no causar deterioros hizo que se decantara por esa nueva forma de leer.
Algún entusiasta podía hacer una solicitud para que algo así sucediera, se lo había ganado gracias a sus buenos modos, a la sonrisa que le sacaba a más de uno.
Tal vez, la única pega era que hacía cansar la vista rápido, por eso no podía estar todo el tiempo que quería, tenía que dosificar su uso.
Sin embargo, esas ideas quedaban en nada, no había nadie que diera el paso para proponer algo así.
Pensó un poco más, siguió como al inicio, sin coger el libro electrónico, era de piñón fijo.
Las buenas intenciones se quedaban en eso, en…
Al voltear notó que lo miraban detenidamente, intentó no darse por aludido, solo esperaba que ese alguien no se le acercara, no quería entrar en pánico.
Pero aquel personaje no esperaba reconocimiento, lo sentía como si fuera un juego, tener tales muestras de corrección o, en su defecto, era su propósito del día.
Comenzó a divagar en lo que pasaría por la cabeza de quien estaba ahí sin quitarle ojo, ¿lo conocería de alguna parte?, de repente (y esto era lo curioso) sí lo conocía.
Era peculiar esa finalidad, la sola idea, para cualquiera sería una locura.
Se le dificultaba memorizar rostros, se podía poner enfrente un amigo de toda la vida y no lo reconocía, le resultaba difícil distinguir las facciones, era un problema del animal —como solía decir—, de eso no había duda, quizás ponerse en manos de un especialista le ayudaría a corregir esa tara, pero le daba repelús hacerlo, ya que, sería tomado por un tonto, un cateto que no sabía desenvolverse en el día a día.
Estaba ahí, comportándose de ese modo singular, sus peculiaridades daban colorido a ese momento del día.
No quería que en él vieran a un pobre ser y que sintiera lástima.
A esas primeras horas, en el que más de uno estaba somnoliento.
Podrían argumentar que era un especialista, no haría juicios de valor, se enfocaría en ayudarle, indicarle si su problema era incurable o, en el peor de los casos, tendría que ser internado, ya que la sociedad encerraba al que no se ceñía a sus normas.
Iba y venía, siempre colocándose en su lugar, en ese sitio que le gustaba.
Cuando pensó en lo de ser encerrado, se fijó en alguien del último vagón, igual que él era diferente, pero no se acojonaba, disfrutaba siendo así, igual podría solicitarle algún consejo, pero era tarde, la puerta se abrió, tendría que bajar.

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