Creatividad

Preparados

—Espero que la reserva sea directamente desde su página —afirmó entre risas.
Pensaban salir de la oficina e ir directamente a comer, de ese modo se tomarían la tarde para despejarse, mediante una aplicación consiguieron una mesa.
Terminaron todo, según lo planificado y salieron pronto, se dirigieron a la estación, cruzando por la calle del gran estadio que estaba concluyendo sus obras.
De camino, notaron que las indicaciones, basadas en las señas que daban en la APP, no eran correctas. Al inicio pensaron que se habían perdido, pero al volver sobre sus pasos, comprobaron que había un error, el lugar en cuestión estaba cerrado.
Esto fue llamativo, ya que mucha gente usaba ese método para reservar y que fallara de ese modo generaba grandes inconvenientes.
Como no quisieron que se estropearan sus planes, sobre la marcha decidieron ir en busca de otro sitio, el primero que encontraran de camino a casa.
No era difícil dar con uno en la ciudad, por cada bloque había dos o tres. Continuaron su camino, hasta que dieron con un lugar no demasiado conocido, pero al cual no habían ido antes.
Al ingresar preguntaron si tenían libre una mesa para dos, a pesar de que el lugar estaba lleno, les hicieron un espacio para que se pudieran sentar. De buenas a primeras pensaron que estarían apretados, pero conforme avanzaron entre manteles y sillas se dieron cuenta de que el restaurante era más grande de lo que parecía.
—Aquí os podéis sentar —expresó solícitamente el encargado.
Se situaron en dónde les indicó y les acercó la carta, no se romperían la cabeza, pedirían los platos con el nombre más llamativo. De esta forma, al acercase el camarero sabían lo que iban a pedir, siguieron a pie juntillas lo que acordaron.
El lugar les resultaba agradable, a esas horas notaron que, salvo excepciones, la mayoría de los comensales eran oficinistas.
Al ver que demorarían en servirles, uno de ellos se decantó por coger una llamada, a causa del ruido tuvo que salir a la calle, el otro, por el contrario, se quedó sentado esperando a que les sirvieran, mirando a todas partes, cotilleando, aunque no quisiera, las charlas de su alrededor.
En una de las mesas había un grupo de chavales, por su conversación se podía deducir que estaban de pasada por la ciudad, quizás eran sus vacaciones —la temporada se prestaba para ello—. Su charla versaba sobre sus inquietudes existenciales.
Uno —aparentemente escribidor— les decía a los demás que estaba completando su novela, pero que ahora comenzaba lo peor, porque debía comenzar a pulirla, luego mandarla a una editorial y esperar a que siguiera su curso.
Con el desconocimiento de todo ese proceso, se imaginaba que requeriría de mucho tiempo y esfuerzo, además del trabajo que sería necesario para sacar adelante el proyecto, una actividad engorrosa seguramente, que solo le generaría satisfacción personal, a no ser que fuera la gran obra esperada por muchos años, pero que estaba demorando en ser publicada.
Cuando estaba explicando los pros y contras, cambiaron de tema, comenzaron a hablar sobre la experiencia de esos días.
—Me gusta esta ciudad —expresó una muchacha—, pero para vivir, no. Es un bonito sitio para visitar, tal vez volveré más adelante, pero no me plantearía quedarme, ¿has visto la cantidad de turistas?, no me acostumbraría a tener que cruzarme con maletas todos los días, por eso estoy mejor en el pueblo, no tiene las comodidades de esta ciudad, pero se vive tranquilamente, eso no lo cambio por nada.
Era verdad, esta ciudad se estaba convirtiendo en lugar de visita —pensó—, de paso, en el que pocos decidían establecerse, debido a los precios excesivos que cobraban por las viviendas, una ciudad cara con servicios caros, por este motivo era común la gentrificación. Con el tiempo conseguirían que todos se fueran, quedando solo el recuerdo del vecino de toda la vida.
—En este momento no tengo planificado cambiar de espacio —continuó otro—, digo en este momento, porque no sé qué pasará más adelante —la charla concluyó.
Después de esas palabras pidieron la cuenta, pagarían con tarjeta, al acercarse el camarero preguntó que tal les había parecido la comida, sin embargo, esas palabras corteses se quedaron flotando en el ambiente, no recibieron respuesta. Una vez pagado, se retiraron.
En otra mesa, hablaban sobre los impuestos y la forma en la que el estado esquilmaba a los ciudadanos. Hay algunos innecesarios —afirmaba uno—, todo por mantener en una situación de dependencia a los más necesitados —expresaba rotundamente.
Probablemente serían gestores, hablaban con suficiencia extrema, como si manejaran, al derecho y al revés, las normas vigentes, incluso llegaban a ufanarse de las reclamaciones que realizaban, todo sea por quitarle algo del dinero que nos roban —expresó con sorna.
Como el tema no le interesaba mucho dejó de prestarles atención, era una conversación de besugos —se dijo.
De soslayo percibió que su colega venía.
—¿Quién te llamó? —le preguntó por hablar de algo.
—La recepcionista del centro de negocios.
—¿Qué se le perdió?
—Nada, solo preguntó si dejamos las llaves en la taquilla.
—Pensé que había sido algo más, como salimos apurados, por lo menos me dejas más tranquilo.
—Espero que ahora nos dejen comer tranquilos.
—Pensé que habrían traído los pedidos.
—Probablemente recién los estén preparando.
—O haciendo la compra, ve tú a saber…
La comida les resultó buena, en ese momento les hubiera gustado preguntar la receta, a pesar de no haberla comido antes, su sabor exótico le daba un plus. Estoy canino —dijo uno de ellos—, el otro no pudo comer a su gusto, le resultaba difícil utilizar los palillos, de repente debido a la gente que, según él, lo miraba, después de varios intentos inútiles, solicitó los cubiertos de toda la vida, es lo que tiene querer adquirir costumbres ajenas —dijo entre risas.
Al terminar pidieron la cuenta, la pagaron y salieron, durante el camino, expresaron que volverían, querían probar más platillos, se dijeron que fue un descubrimiento agradable.
No quiero que pase lo de la vez pasada —añadió.
Esta vez no tendrás tanta suerte —replicó mirando el móvil— ya está, hablé con un encargado, hecha la reserva —sonrió.

APP

300

Dos