Creatividad

Leyendo por partes

Acostumbraba a llevar un libro, lo cogía al azar de su estantería. Le daba igual el tema o el género, lo importante era ir entretenido para que se le hiciera corto el trayecto.
La mejor época era en vacaciones, había pocos usuarios, ergo, muchos asientos libres. Durante ese período leía plácidamente, se sumergía en las aventuras narrativas y se ensimismaba hasta perder la noción del tiempo.
Incluso, alguna vez, por despiste terminó equivocándose de estación, esto implicaba ir al andén contrario a esperar el tren que lo llevara de vuelta, a pesar del retraso, disfrutaba de la experiencia.
Al llegar a su destino tenía que aparcar esa actividad, aunque esta acción le causaba disgusto, era necesaria, si no, no podría seguir manteniendo ese vicio y darse el lujo de ir por las librerías con la seguridad de adquirir lo que le apeteciera.
Todo cambiaba cuando la gente volvía a la ciudad y el ambiente plácido trocaba en uno agobiante, era difícil encontrar sitios disponibles, iba apretujado, pendiente de los carteristas.
Mientras se dedicaba a otras actividades pensaba en las historias, cada vez que podía, y en las líneas que le quedaban dando vueltas. Se imaginaba lo que pasaría en las páginas siguientes, ¿cuál sería su desenlace?, ¿continuaría la misma línea que lo encandilaba o tendría una vuelta de tuerca?, quería saber en qué devendría la ficción.
Se impacientaba, pero igual tendría que esperar, cumplir su jornada, rellenar informes, hacer cálculos, balances.
Lamentaba que las letras no dieran pasta y que, por el contrario, los números estuvieran mejor valorados, en un mundo capitalista era mejor hacer cuentas que textos, se decía, esa era su realidad, así como la de muchos.

Cuando era incapaz de sacar el libro en el tren, sentía que le quemaba, como si tuviera a Prometeo encadenado, un ente que se desvivía por salir de su prisión para poder expandir sus hojas y ser leído, ya que había sido creado para vivir en libertad. Por eso buscaba la oportunidad más propicia para hacerlo, ayudarlo y, a la vez, entretenerse. Era una simbiosis entre hombre y texto.
Así pasaba las jornadas, hasta que cumplía su ciclo laboral. En ocasiones no bastaba con encontrar sitio, pues a veces cedía el asiento. En tal circunstancia se ubicaba en una posición expectante, a la espera de volver a coger su libro y abrirlo, condicionado a que se desocupara un asiento o a que se dieran las condiciones para concluir su lectura.

En el camino de vuelta, cuando escuchaba el nombre de la estación más próxima a su casa, una sensación reticente lo embargaba, sentía que al volver a su piso perdería el interés en lo literario, se chocaría con la realidad, con aquello que lo desinflaba, y entraría en aquel lugar que era de todo menos un hogar, un espacio en el que estaba porque tenía que estar, ya que era mejor un techo abuhardillado que no tenerlo. Pese a consolarse con esta idea, pronto se apesadumbraba, lamentaba no poder salir de ahí, la vida era cada vez más cara, más destinada a otros con mejores condiciones.
Por este motivo le costaba enfocarse en otros asuntos. Al estar ahí, se sentía asfixiado, había acumulado tantas cosas que se sentía dentro de un trastero.
Esto reafirmaba su idea inicial, ese no era un hogar, solo un espacio más, un lugar deshumanizado que pagaba puntualmente.
Pero todo esto cambiaba en la mañana, se levantaba de buen ánimo, con la confianza de poder salir de ese bache, de la monotonía, aunque en el proceso sus acciones serían las mismas de todos los días.

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