Creatividad

Una volta

La fila avanzaba lánguidamente, por lapsos parecía estática, en dónde los individuos se tomaban la espera con calma, con resignación, como si hubieran echado por tierra cualquier atisbo de celeridad.
Al llegar, Limchte, y ver tal panorama, se sobreexcitó, a pesar de su característico ritmo acelerado, hoy le tocaría esperar, si por lo menos hubiera una indicación en la que apareciera un tiempo aproximado para ser atendido, como en las buenas listas de espera, sería más llevadero este calvario —se dijo—, pero este no era el caso, aquí solo se podía mirar el techo o, en su defecto, divagar.
Preocupado por la demora que se le vendría encima, quiso enterarse a qué se debía, rápidamente se percató del problema, solo había una persona atendiendo y no era suficiente, se notaba que estaba superada, pero, por lo visto, su empresa no estaba por la labor de salir a su rescate.
Era risible querer que un solo trabajador hiciera las labores de dos o tres, eso tenían los putos capitalistas —enfatizó—, eran unos explotadores, ganar más, invirtiendo menos, así cualquiera se hacía de oro.
En este contexto, al reflexionar sobre los aspectos económicos, recordó que enfrentaba una cuestión compleja por resolver, sin querer, o tal vez sí, se quedó sin fondos en su tarjeta de crédito, al estar de vacaciones no quiso ser remilgoso con los gastos y así estuvo, tirando de ella hasta que llegó un momento en el que comenzó a echar humo, en una de tantas compras, de tabaco para ser específicos, tuvo que pagar en efectivo al ser imposible hacerlo de la otra forma. Al volver a casa hablaría con el banco y exigiría que le ampliaran la línea de crédito, no podía estar con esa insolvencia a cuestas, no podía exponerse a pasar más vergüenzas. Lo apuntó en su agenda para no olvidarlo.
De repente, unos gritos lo interrumpieron, dejó de preocuparse por su situación económica y giró la cabeza para ver de dónde provenían, a lo lejos se escuchaba la frase: Soy business, soy business, quien profería esas palabras era una chica que venía rauda empujando un carrito con varias maletas.
A muchas personas parecía que expresar que no viajaban en turista les reconfortaba, como si detentaran una cualidad que no todos poseían, por ese motivo eran ostentosos y debían hacerse notar como sea.
Al ver esa demostración de petulancia, se tranquilizó al recordar que solo llevaba una maleta pequeña en la que cabía lo necesario para pasar unos días de viaje, el tamaño era el ideal para hacer viajes cortos y aunque podía llevarla en la cabina, prefería facturarla y así no arrastrarla por los pasillos, era una decisión estupenda —se recalcó—, así podía deambular plácidamente, tomar café o merendar, sin tener que estar pendiente de encontrarle un sitio para colocarla.
Soy business, soy business, fue el grito que lo interrumpió nuevamente, parecía que a la muchacha eso la convertía en un ser superior, este hecho le molestaba, a Limchte, de sobremanera, por eso para dejarle claro su incomodidad se le ocurrió acercarse y espetarle, mirándola fijamente, a la cara un: ¿Y a mí qué?

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