Creatividad

Rutina diaria

Al despertarse miró a todas partes y no observó nada que lo motivara a levantarse. Si lo hacía era por cumplir unos horarios (no por voluntad propia), si pudiera decidir se quedaría en cama y, aunque se demorara una infinidad de tiempo, no saldría de ella hasta no encontrarle sentido a ese acto, no solo como si fuera un autómata, alguien sin voluntad que seguía a rajatabla una configuración determinada.
Al ponerse de pie fue directamente al baño, necesitaba darse una ducha, a ver si así espabilaba, pero no sirvió, continuó con la modorra. Seguía sintiéndose desganado, sin esa voluntad para cruzar la puerta hacia el mundo real, dejando atrás su espacio en donde podía pensar, estar a su aire, no dar explicaciones, era su oasis en la urbe.
Al ver el reloj se percató de que se le había hecho tarde, algo que odiaba, ya que si llegaba fuera de hora tenía que dar explicaciones a los encargados y detallarles las causas de la tardanza.
Se apuró en coger el coche, rogaba por no pillar embotellamientos, no obstante, querer que todo saliera perfecto era una necedad, nunca ocurría, siempre sucedían hechos que ponían a prueba su aguante, su paciencia. Siguió la ruta de siempre, fue directo, por eso no demoró, una vez que encontró un lugar para aparcarlo, lo dejó y se apuró en ir a desayunar.
Así era su día a día, acelerado, ahora, cuando estuviera en el bar, pasaría lo mismo con el desayuno, lo tomaría sin saborearlo.
De camino a la oficina apuraría el paso, evitaría pasar por la zona de las manifestaciones, en las que unos descerebrados soltaban consignas que incordiaban a los transeúntes.
Llegó al edificio en donde se ubicaba su oficina, pasó por recepción, subió por el ascensor, mecánicamente presionó el número del piso al que se dirigía.
Si en ese momento se hubiera detenido el tiempo habría sido ideal para ver con otra mirada su rutina, sus actividades, se situaría en una posición diferente y se vería como alguien que no se cuestionaba sus labores, cumplía lo que le pidieran y punto, pues se ceñía a unas órdenes, a unos plazos, daba la mejor impresión, debía velar porque su imagen no decayera. Se sentía obligado por el departamento, tenía que hacerse cargo, evitando que otros lo juzgaran y que se creyeran con el poder de manipular su destino.
En esa tesitura, llegó al piso indicado, en donde empezaría con las mismas disquisiciones de todos los días, tendría que aguantar a los mismos sujetos, a los plastas de siempre, a las mismas circunstancias, soltar alguna broma ingeniosa para que no se sintiera distante, pues aunque no le interesara mínimamente nadie, tenía que seguir los convencionalismos sociales que todos cumplían sin chistar, pues era parte de la buena convivencia y, asimismo, poner una sonrisa como si todo estuviera bien, aunque no le encontrara sentido a nada, ya que en ese momento quería seguir echado en la cama, buscando alguna motivación para ponerse en pie.

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