Creatividad
Pomodoro
El cielo, al amanecer, auguraba malos presagios, se veía oscuro. No había que ser muy listo para prever que en cualquier momento llovería y dejaría las calles anegadas, difíciles de transitar. El pésimo estado del alcantarillado dejaba patente que la gestión del ayuntamiento desviaba los recursos en cualquier tontería menos en lo importante, el bienestar general.
Salvo por este hecho, el lugar era agradable, su apariencia vetusta, sus calles con historia y los diferentes comercios por todas partes le otorgaban personalidad, algo difícil de encontrar.
Había llegado a estos lares porque la vida urbana me había saturado, era consciente de que debía dar un cambio a mi vida, buscar un espacio más tranquilo que me permitiera encontrarme.
Pensando en esto desde que me asenté en este lugar, comencé a dar paseos sin un destino puntual, confiaba en que el hecho de no tener nada programado les daría un toque especial y así conocería mejor esta localidad. A veces estos eran largas y otras, cortos, su extensión dependía de la disposición con la que me levantaba de la cama, de este modo, sin proponérmelo, llegué a conocer espacios nuevos y ocultos para el foráneo.
Algo que noté desde un primer momento fue la gran cantidad de restaurantes que había por todas partes, todos con muy buena pinta, según sus historias —a veces exageradas—, en varios de ellos se habían originado platos de fama internacional. Esta muletilla se la comenté a un residente de la zona antigua, daba fe de que era verdad, su terruño era la cuna de la mejor comida del mundo y punto, no había forma de que le dijera lo contrario, mi ignorancia en temas culinarios saltaba a la luz. El sabor de la comida era peculiar, pero una vez que el paladar se acostumbraba resultaba exquisita, junto a sus salsas, con ese toque picante tan característico y propio. Asimismo, las raciones parecían excesivas ante el ojo profano, pero, conforme uno se iba aclimatando descubría que la cantidad era la correcta para que se pudieran efectuar las labores diarias.
Algo llamativo que me resultaba fascinante eran las diversas presentaciones que hacían de un fruto tan común como el tomate, lo servían de tal forma que, en ocasiones, costaba reconocer lo que se tenía delante, no llegué a contar las diferentes formas en la que lo preparaban, pero eran muchas.
Una vez, por casualidad, le pregunté a un camarero si tenía un secreto especial su preparación, la respuesta fue clara, el sabor que tenían sus productos eran gracias a la agricultura centenaria que se practicaba en esa zona.
Mientras caminaba noté que comenzaba a oscurecer, era ilógico, aún era temprano, no era más de las seis de la tarde y ya parecía de noche, un sinsentido en toda la extensión —me dije—. Comenzó a gotear, pronto llovería, como no quería mojarme, guardaría mis ganas de perderme para el día siguiente, volvería raudo a mi piso, evitaría en el trayecto a los coches, a las motos y a algún despistado de los muchos que pululaban por las calles.














































































































































































































































































































































































































































































































































