Creatividad

Melancolía: una calle

No me gusta pensar en el pasado, debido a que no siento que condicione la vida que recorro en la actualidad, por lo tanto, no tengo necesidad de buscar las causas de mi día a día. No obstante, no siempre se puede estar atento, a veces, recordar es algo instintivo (por llamarlo de algún modo), aparece la morriña y es difícil escapar de ella.
Hace poco, mientras daba un paseo —uno de tantos—, me propuse ir a una zona de la ciudad que desconocía, la zona oscura para mí —pensaba en tierras selenitas.
Decidí hacerlo pronto, antes de que comenzara a pegar el sol. En esta temporada pica tanto que quita las ganas de hacer cualquier cosa, es insoportable.
Con esto en mente, me levanté pronto, a pesar de que era sábado y mis párpados querían seguir cerrados, no me veía pasando el fin de semana echado en cama, me puse en pie sin darle más vueltas.
Sé que a estas alturas debería conocer los entresijos de la ciudad, pero he querido ir despacio, ir descubriéndola poco a poco para disfrutar del proceso.
La ciudad está bien comunicada —quien la ideó lo hizo sesudamente—. Debido a las últimas disposiciones, muchas calles han sido peatonalizadas, lo cual está muy bien, pues se puede caminar sin tener que esquivar a los coches.
Llegar al lugar no fue difícil, tampoco me tomó mucho tiempo —es lo bueno de vivir en el centro.
La zona que desconocía, efectivamente, tenía diferentes atractivos. En este espacio había un conjunto de estatuas que estaba dispuestas al estilo de las del ágora en tierra helénica, pero a diferencia de aquel lugar aquí todas estaban en perfecto estado.
Cerca de ese museo al aire libre, me fijé que había varios bares con buenas vistas para pasar la tarde.
A causa de la caminata bajo el sol, tuve sed, la necesidad de hidratarme hizo que buscara un sitio donde satisfacerla.
Mientras caminaba, a lo lejos, comencé a escuchar La Marcha Radetzky, pieza que conocí gracias al concierto de año nuevo. Los músicos estaban junto a una terraza. Esto me pareció una señal, tenía que sentarme ahí para seguir disfrutando de la música.
Cuando se acercó el camarero tenía claro lo que iba pedir, por ese motivo no hubo necesidad de que me preguntara.
La zona me retrotraía a tierras galas, al verano de hace unos lustros, cuando estaba en la cima de la gran torre de la capital, en dónde, inhibido por la cantidad de gente, casi no hablaba, pero no dejaba de ver a los que pasaban a mi alrededor, parecían anonadados por las vistas que superaban sus expectativas —yo solo pensaba en bajar.
Al terminar la bebida y pagar, continué con mi paseo, como ya había visto la zona de las estatuas, me decanté por callejear, de este modo me dirigí hacía donde el sendero se bifurcaba a lo desconocido.

Había leído que lo mejor para conocer una ciudad era perdiéndose en ella, probablemente tenía suerte, pero al saberme situar, era imposible.
Mientras callejeaba me encontré con nombres de calles que resultaban risibles, fruto de un momento de la historia que con el transcurrir del tiempo habían perdido la significación que originalmente tenían, algo usual, ya que, si no se mantienen como parte del imaginario, con el pasar de los calendarios se difuminan en las arenas del tiempo.
En esa tesitura me pareció leer a la distancia el nombre de una calle conocida. Conforme me fui acercando confirmé mi primera impresión, efectivamente la conocía, ya que así se titulaba una canción que me gustaba, por eso sabía de su existencia, aunque nunca hubiera estado ahí.
Durante una época fue la única canción en mi lista de reproducciones, no escuchaba nada más.
Me parecía atrayente su composición, las imágenes que tenía, su letra, la forma en la que la interpretaba su autor, así como los detalles que enfatizaba el arreglo musical, ofrecían una vista particular de aquel reducto.
Me resultó interesante que la tonada fuera un homenaje a este lugar, pues tenía similitudes con lo que estaba viendo en mi trayecto.
Este hecho hizo que valiera la pena madrugar aquel día, probablemente, este descubrimiento, el saber que era un lugar real y no imaginario, ha sido lo más gratificante que me ha pasado durante la última temporada.
Era una simple calle, cierto, pero tenía una gran importancia para mí, aunque no hubiera estado ahí antes. Al recorrerla me parecía mágico poder disfrutar de sus fachadas, de los ladrillos que la conformaban, de toda esa gracia que ya conocía a través de una canción en la que estaba perfectamente detallada.
Mientras tanto seguí adentrándome en aquellas calles, en las que los nombres eran cada vez más ocurrentes y, asimismo, cambiaban el estilo de sus construcciones, siendo diferentes al resto de la ciudad.
Se trataba de un oasis en medio del cemento, al cual solo se llegaba al dejarse llevar, sin pensar demasiado, sin darle vueltas de forma desmedida, centrándose únicamente en disfrutar de lo que se tenía delante.
De repente, todo me resultó extraño, el hecho de encontrarme con las estatuas, el de recordar algunos viajes, el de retrotraerme a una época en la que con escuchar una melodía me bastaba para ser feliz, un hecho que estaba pasando frente a mis ojos y del que solo me di cuenta al detenerme para volver sobre mis pasos.

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