Creatividad

Las normas

Intentó salir a la carretera temprano, le daba igual si era de madrugada. Pensando en ello cogió el coche el día anterior, quería evitar el inconveniente de esperar al encargado de la agencia de alquiler.
Al salir a la calle notó un número inusitado de policías, usualmente solían estar por el barrio, pero no en una cantidad tal que alarmara a los vecinos.
Los efectivos solían enfocarse en las zonas conflictivas, en las del caballo, maría e incluso alguna cosa más, pero se le escapaban —no era un versado en el tema.
Cuando daba su paseo diario por la plaza, solía ver como los intervenían, ponían a los tipos mirando hacia la pared mientras los registraban.
Quiso seguir con su plan, pero el tránsito estaba interrumpido, bloqueado por un grupo de manifestantes. Todos gritaban consignas a favor de alguien, pero no entendía muy bien el sentido de estas.
Bajó la ventanilla y preguntó a que se debía tal aglomeración de gente, uno del grupo le indicó que estaban ahí evitando un desahucio.
Sabía, por las noticias, que había gente que se organizaba para hacerle frente a las autoridades que intentaban dejar en la calle a inquilinos con escasos recursos.
Nunca fue testigo in situ de su actuar. Aunque le daba curiosidad, no podía creer que algo así estuviera pasando en el barrio, salir en las noticias por un hecho de este tipo era un despropósito —cavilaba—, pensarían que vivía en un barrio de mala muerte, cuando en realidad era todo lo contrario, pues los nuevos vecinos habían cambiado el rostro de aquel lugar.
El tema era peliagudo, por un lado, estaba el propietario que tenía todo el derecho de querer recuperar su piso y por el otro, una persona que no podía hacer frente a la subida del alquiler, las nuevas condiciones le desbarataban su presupuesto. Muchas veces esta subida era de forma unilateral, enterándose el inquilino días antes, cuando ya estaba un dispositivo en marcha para echarlo.
A pesar de que sentía empatía por estos casos, también sentía empatía por su puntualidad y estar en ese atasco le estaba generando el retraso que quiso evitar. De nada sirvió recoger el coche el día anterior y de madrugar —se lamentaba.
En ese momento intentó cotillear de soslayo. Notó que el grupo anaranjado, porque llevaba chalecos de ese color, se acercaba a la puerta de un bloque, intentaban hacer una muralla para evitar que los maderos consumaran el hecho. Uno que probablemente llevaba la firma de un juez corrupto, no era difícil encontrarlos, bastaba con tener contactos y con ello se tenía a la ley de su lado.
Esto dejaba mucho que desear, pero era la forma en la que se desenvolvía el sistema, los encargados de velar por el cumplimiento de las normas parecía que tenían una visión distorsionada, pues anteponían otros intereses a los de la ciudadanía.
¿En qué momento se pervirtieron las leyes? —se preguntó y continuó— ¿acaso no éramos iguales ante la ley?, pero él sabía que era una mentira cochina, creada para que los menos favorecidos no reclamaran y aceptaran sin rechistar los designios de los leguleyos.
Sabía que poco a poco serían dispersados, su protesta estaba condenada al fracaso, su número no podría hacer frente al número de efectivos que se estaban personando, en cualquier momento habría un enfrentamiento, los ánimos se estaban calentando.
No pudo seguir observando lo que pasaba, ya que los coches aparcados comenzaron a moverse, un agente, al ver que no lo hacía le indicó que siguiera su camino, no había nada que ver, una frase típica en situaciones de abuso de autoridad —pensó—, siguió sin reaccionar hasta que le volvió a indicar que no había nada que ver, que avanzara.
De refilón observó como un tipo con muchos folios bajaba de un coche con lunas polarizadas, seguramente era el encargado de hacer efectivo el desahucio —se dijo—. Para ese burócrata la gente no era más que un simple nombre, una indicación en un papel con una dirección al lado, seguramente con alguna observación, una forma cruel de deshumanizar a un ciudadano. Seguramente pensaba que cumplía excelentemente su trabajo, no debían poner en duda su actuación, además si alguien le decía algo, él no estaba ahí porque quisiera, lo habían mandado, si por él fuera, ahora mismo estaría en su casa, sin embargo, era consciente que apelar a que era un simple mandado, era una argucia, de muchas que debía usar.
—Aquí no hay nada que ver.
Comenzó a mover el coche, despacio, según le permitían los demás vehículos. Parecía que iba en una procesión, que tenía como patrón el mirar a otro lado.
Tras perder de vista la escena, miró por el retrovisor, cogió una salida, retomó el viaje.

APP

300

Dos