Creatividad

La cuenta

Aquel día se dirigió al restaurante de costumbre, las calles, aún maltrechas por las celebraciones de las distintas marchas reivindicativas, tenían pocos viandantes. Al llegar pidió la carta y se sirvió lo de siempre, unas lentejas estofadas, junto con una buena copa de vermut.
—¿Comiste bien?
—Sí, todo estaba delicioso —mientras dijo esto cogió una tarjeta.
Al pagar notó que no se hacía efectivo el pago.
—Desde ayer tengo problemas —guardó esa tarjeta y proporcionó otra— intenta con esta, probablemente la coja.
El encargado de atender el negocio se mantenía tranquilo o eso era lo que demostraba. Al cuarto cambio de tarjeta su gesto, aun sosegado, se vio algo alterado.
El comensal intentando hacer tiempo para que, por arte de magia, se hiciera efectivo el pago, buscó conversación
—¿Quién cocina?
—Me turno con mi pareja, hoy, por ejemplo, yo cociné.
—Tienes buena sazón.
—Gracias.
—Si esta vez no consigue hacerse efectivo el pago, iré al cajero a ver si así puedo solucionarlo —se le veía como alguien normal y luego se dijo que la mayoría lo aparentábamos, pero pocos realmente lo eran, no bien se raía la superficie salían a la luz taras insospechadas.
—Esperemos que esta vez sí se haga efectivo. De todos modos, tienes cajeros cerca, sin ir muy lejos, volteando la esquina, en dirección izquierda, hay uno.
A pesar de esperar que el resultado fuera diferente en esta ocasión volvió a pasar lo del inicio, viendo que sería inútil intentarlo una vez más, salió raudo a solucionar su problema.
Cuando el encargado vio que salía, y tras cerciorarse de que no escucharía nada de lo que pudiera decir, comenzó a lamentarse.
—Lo peor de todo es que lo sabía —comenzó a menear la cabeza de un lado para otro—, algo me decía que pasaría una situación así.
Como hablaba en voz alta no fue difícil que se escuchara lo que estaba diciendo.
—Pero ya que no vas a pagar —el tipo comía como si no lo hubiera hecho en semanas—, no pidas bebidas.
Viendo que era el único que, de los presentes, le prestaba atención, siguió lamentándose.
—No es común que estás cosas pasen, pero a veces pasan, esperemos que solucione su problema —en su interior tenía una leve esperanza de poder cobrar la cuenta.
El bar le quedaba de camino a casa, cada vez que no le apetecía cocinar o se le hacía tarde, sabía que ahí podía encontrar lo suficiente para saciar el hambre.
El tipo que atendía era majete, siempre tenía buenos temas de conversación, alguna vez se pusieron a charlar, era ameno pasar el rato en esa tasca.
Mientras comía pensó en que nunca se vio en una situación semejante, la de no poder pagar lo que consumía.
—Cuando puedas tráeme la cuenta.
—¿Todo bien?, ¿comiste bien?
—Sí, como siempre.
Intentó no hablar de lo que había pasado en ese momento, aunque si él fuera el encargado, le jodería, pues dar servicio requería esfuerzo, implicaba trabajo y dedicación, probablemente el tipo estaría más contento haciendo otra cosa.
Mientras esperaba a que le trajeran la cuenta, se le ocurrió decirle al encargado, venga, pago lo que te quedaron debiendo, expresando algún argumento en contra de los errores financieros. Podría ser su buena obra del día, una anécdota que la comentaría en su circulo más cercano, se jactaría de haberle solucionado un problema a un extraño, asimismo recalcaría sus dotes empáticas, indicando que era así como debería moverse el mundo.
—Si todos pusiéramos nuestro granito de arena este mundo de mierda sería un lugar mejor, pero, lamentablemente, nuestra ceguera egoísta nos impide ver el sufrimiento del otro, por la sencilla razón de que pensamos diferente —¿os suena de algo?—, esa razón nos aleja, irremediablemente, del otro, cuando somos lo que somos, en tanto, un espejo tengamos para reflejarnos —en ese instante entusiasmado por la fuerza de sus palabras, continuaría su diatriba—, si seguimos en este posicionamiento, nuestra sociedad se irá al carajo.
Después concluiría con alguna frase rimbombante, todo en aras de mantener la atención de su público.
En ese momento se acercó el encargado.
—Serían… —le alcanzó un recibo—, ¿efectivo o tarjeta?
—Tarjeta, por favor.
Siguió dándole vueltas a lo de pagar la cuenta del desconocido, pero se le ocurrió que, probablemente ese tipo estaría arreglando el problema y se sentiría ofendido de que alguien pagara por él —el orgullo suele ser un arma afilada.
Por eso mismo, así como le vino la idea de pagar por inspiración, se le fue, por esta razón declinó plantearle aquel trato al tipo de la tasca, cuando le viniera a cobrar se dispondría a pagar solo su consumición y dejaría una propina, como siempre.

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