Creatividad

Entre hordas

Ante el portátil daba todo de sí, escribía sus mejores ideas, se sentía parte de un movimiento social. En épocas modernas, hay que echar mano de herramientas modernas −expresaba.
Intentaba guardar perfil bajo, pasar desapercibido, pues no quería ponerse en el foco de atención de quienes querían desaparecer cualquier pensamiento disidente.
Las hordas de controladores se movilizaban y saturaban con mensajes amenazadores los buzones de aquellos que osaban increparlos. Iban por ahí predicando el sinsentido del pensamiento disperso, aconsejando que el mejor era el único.
Los usuarios más fuertes les hacían frente, pero su número era cada vez menor, la mayoría se decantaba por lo real, por vivir tranquilo.
A pesar de ser un entorno virtual el aire estaba enrarecido, desde que la red social cambió de paradigma, trajo consigo una nueva visión, la de la libertad.
La empresa no se posicionaría del lado de ninguno de los extremos, simplemente sería equidistante, ya que su fin no era hacer política —termino infecto que causaba aversión—, sino, el de ofrecer un espacio para todos, todas y todes.
Los usuarios, durante las primeras jornadas, no notaron alteraciones, pero conforme se desplegaron los planes, su acceso se fue limitando, solo pagando una suscripción se podían dejar de lado las restricciones.
Con esta visión era imposible no sentirse sesgado y desprotegido ante la guardia de las normas (en aquella red).
A pesar de ser anónimo, temía que un punto de vista así traspasara lo virtual (hacia lo real) en favor de acciones deleznables —de ahí su actitud.
Durante la época en la que los grupúsculos controladores (libertarios) ganaron fuerza, el aire enrarecido se acentuó más, aquellos que se plegaban a su ideario (contrataban un plan) tenían la potestad de editar los contenidos. Los libelos se convirtieron en referencia, al tener más alcance y llegar a todas partes, por el contrario, los ignorados estaban limitados a un número escueto de caracteres.
Fue así como dejó de recibir recomendaciones con las que comulgaba, para dar con ellas debía navegar en un mar de oscurantismo. Al hallarlas le hubiera gustado dejar algún comentario a favor, pero entendía que no era lo mejor, debido a que era preferible esperar y ver como se iban dando las intervenciones. Cuando todo fuera más halagüeño volvería a ser un activista, mientras tanto su denuncia social se enfocaba en ser un ojeador, hasta que las aguas se calmaran —se decía.
Confiaba en darles visibilidad con sus lecturas, logrando amplificar el mensaje para que llegara a más gente —a pesar de las limitaciones que desplegaba el genio manipulador de las ideas, algoritmo.
Sin embargo, las hordas siguieron organizándose, llevando a cabo sus cacerías y desmotando —según ellos—, las campañas de descrédito que desplegaban los opositores, pues solo buscaban vivir en la anarquía, en un espacio de caos. Los ignorantes querían implantar el virus de las ideas disidentes y socavar el paraíso anhelado.
Con este ejercicio se inauguraría una época de felicidad, no habría entornos enrarecidos, no habría campañas de descrédito, todos serían una gran caterva que lucharía por extender aquella era, pues como estaba escrito (en sus muros): la diversidad traía decadencia y obstaculizaba el avance.
Nadie podría señalarlo, aún tenía de su parte el ser anónimo, seguiría en pie, apoyando el sendero de las ideas constructivas, nadie le diría en lo que debía creer, por eso, pensaría en lo que quisiera, sin las limitaciones de las medidas impuestas.
El panorama aciago se estaba encumbrando en sus narices, se sabía cuál era problema, pero todos se alineaban según su conveniencia.
Es así como todo se quedaría dentro de las cuatro paredes de su ordenador, en las que, por ahora, se sentía seguro.

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