Creatividad

Anónimo narrador

Tras dedicar muchos años a traducir unos manuscritos, logró descifrarlos.
Para conseguirlo se basó en sus conocimientos de lenguas muertas.
En su estudio emuló a los grandes expertos en estas lides, por eso, subido a los hombros de esos sabios pudo asirse a la promesa de encontrar un manantial insospechado de sapiencia.
Este ejemplar lo encontró en una librería de viejo, ofertado como si se tratara de un pedazo de papel inservible que, amontonado junto a otros, estaba ahí con el fin de generar dinero.
Cuando lo cogió, se dio cuenta de la calidad del mismo, hizo el rito de toda la vida: abrirlo, palpar la rugosidad de sus páginas y olerlo, con esto podía descubrir, más o menos, su antigüedad.
Se había topado con un volumen raro, de una procedencia extraña. Lo compraría.
Tenía práctica. Desde que recordaba solía perderse en aquellos sitios que colocaban desordenados los libros, esto indicaba que el dueño no llevaba un inventario pormenorizado de ellos.
Después de hacer su ritual, lo volvió a dejar en su sitio, no quería dar la impresión de estar demasiado interesado, ya que eso se olía, llamaría la atención y probablemente su plan quedaría truncado.
Se dedicó a husmear por el lugar, recorrió sus distintas zonas, cada cual más desordenada que la anterior, incluso llegó a una en la que los libros estaban dispuestos en tales posiciones que estorbaban el paso, haciendo imposible que siguiera olisqueando.
Volvió sobre sus pasos al sitio en el que había dejado el libro deseado, sintió como si aquel objeto inerte lo estuviera esperando, invisible a los ojos de los demás, no a los suyos.
De nuevo lo cogió, palpo, ojeó y se aseguró de que realmente valía la pena llevárselo. Con este análisis se convenció de su intuición inicial, lo adquiriría.
Imaginó el lugar en donde lo iba a colocar, tendría que reordenar algunas de sus pertenencias para hacerle sitio, era necesario ubicarlo en un lugar acorde a su importancia.
Antes de salir de ahí, tuvo ganas de acercarse y explicarle al vendedor, en un acto de ufanidad, lo que tenía a la venta, pero esto implicaría que el precio se elevara, por eso descartó esa iniciativa.
Se acercó a pagar y preguntó al dependiente cuánto valía, la cifra le pareció irrisoria.
Pagó sin más, el tipo lo envolvió y guardó en una bolsa de papel, se la entregó, salió de ahí sin mostrar mucho entusiasmo, solo cuando sintió que estaba alejado de cualquier mirada cotilla procedió a revisar su compra de forma más minuciosa.
Efectivamente, fue un gran hallazgo, ese fascículo, debería estar en un museo —pensó—, sin embargo, estaba en sus manos, era un afortunado.
Cuando logró estudiarlo de manera más profunda, comprendió que aquel ejemplar tenía más valor del que había imaginado al inicio, solo cuando lo tradujo, supo de forma exacta el atractivo que poseía.
Contaba cientos de historias, historias olvidadas por el pasó del tiempo, borradas de la memoria popular, perdidas del imaginario común. Por el modo en el que estaba redactado, usaba una mezcolanza de signos, se notaba que el autor tenía un manejo elevado de ellos, quizás fue un tipo culto, un erudito de aquellos años que ideo ese entramado de relatos inspirado en el mundo en el que vivió. Esto no pasaba de ser una mera especulación, de repente solo los transcribió y reunió en un solo ejemplar para que fuera más sencillo su estudio, por eso cuando intentó encontrar el nombre del autor, no fue posible, no tenía una firma.
Con esto dedujo que aquel libro fue escrito en una época en la que los autores no estaban preocupados por colocar su nombre al lado de sus producciones, daba igual, lo importante, por encima de todas las cosas, era compartir el mensaje que se habían plasmado en ellas, puesto ahí para quien quisiera consultar sus renglones.
Esto daba realce a ese tipo de realizaciones, pues el ser que la elaboró no estaba enfocado en sobresalir por algo que tomaba de su medio, siendo consciente de que formaba parte del saber general, por lo tanto, apropiarse de esas ideas colocando su nombre como el autor, era una tontería.
Meditando sobre este tema, imaginó que el escritor se sentía como un simple amanuense de la realidad, por eso mismo no consideraba que su desempeño diera un valor añadido a una narración cogida del mundo fáctico y diseminada en el de la ficción, aquella obra tenía un valor intrínseco en sí misma, perse, y no por la intervención de su ars poética.
Una idea así era inimaginable en la actualidad, ya que todos buscaban sobresalir, dejar huella, dejar rastros de que en un tiempo existió un tal… , escribió mucho y legó, bajo su nombre, cientos de libros, indicando con esto, de manera tácita, que todo aquel que cogiera tan solo una línea de su creación, tendría el deber moral de citar su nombre, debido a que esas ideas le pertenecían, aunque fueran una reformulación de otras que había leído e interiorizado, pero que gracias a él se encontraban detalladas en esos folios.
También le surgió la idea de pasar a un idioma más actual aquel conjunto de narraciones para que se recuperaran y la población tuviera conocimiento de su existencia, ¿lo haría de manera desinteresada?, ¿colocaría su nombre como el traductor y descubridor?, o simplemente, ¿volcaría todas las líneas ahí reunidas, para dar fe de que en algún momento alguien estaba interesado en compartir lo que sabía y no tanto en el reconocimiento general?, las dudas surgían sin parar y cuanto más vueltas le daba, comenzó a tomar forma el mantener el espíritu de la misma.

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