Creatividad

Nota en el calendario

Poco, o nada, era el entusiasmo que tenía para asistir (aquella vez) al teatro, pero como tenía cogidas las entradas me sentía un poquito obligado.
Por aquella época estaba saliendo con una chica que era una loca de ir a todos los espectáculos que tenían lugar en la ciudad, de tal forma que no había día de la semana que no asistiéramos a uno —era lo que tenía vivir en este lugar en dónde la oferta cultural estaba por todas partes.
Pensando en esto, como se acercaba una fecha especial, la del día en que nos conocimos, me propuse sorprenderla.
Sopesando entre diversas opciones, llevarla a una presentación de la sinfónica, al cine o al teatro, me decanté por la tercera, ahora solo quedaba buscar una obra.
Para tener una idea sobre qué obra le apetecería ir a ver, intenté sacárselo de soslayo, pero fue un hueso duro de roer, al final me quedé como al principio, sin tener la más mínima idea. Con ese desconocimiento estuve dándole vueltas a lo que le apetecería ver, ¿una comedia o un drama?
Al revisar entre los estrenos encontré una obra en la que actuaría una actriz —muy buena—, con la que tuve un ligero contacto cuando asistí a un monólogo sobre El poeta gitano.
A pesar de que faltaban varios meses para el estreno, uno de los días en los que se presentaba coincidía con nuestra fecha especial, por eso no lo pensé más, esa era la obra a la que asistiríamos.
Coger las entradas fue sencillo, bastó con acercarme a la taquilla. Al salir de ahí me reconfortaba haber tomado la iniciativa por una vez.
Pese a mi esfuerzo nunca llegué a darle la sorpresa, de un momento para otro nos distanciamos, y me quedé con las entradas, debo reconocer que esto me dejó bajo mínimos, aunque no lo exteriorizada, y me mostrara como alguien que se había tomado con madurez la ruptura, por dentro estaba destruido, más aún cuando me parecía que conectábamos en muchos aspectos personales.
Traté de no pensar en ellas durante un buen tiempo, pues me recordaban el motivo por el que las adquirí, haciendo, en consecuencia, más difícil resignarme al distanciamiento.
De esta forma pasé la temporada previa al estreno, centrándome en mis labores para no deprimirme, ni a darle vueltas a nada que no me produjera satisfacciones.
Cuando llegó la fecha señalada, seguí con las dudas, me preguntaba si valía la pena ir o no ir, al final lo eché a la suerte, según sus designios debía asistir.
Mientras me dirigía al teatro pensaba en lo bien que me sentaría ir al espectáculo acompañado y no solo.
Si las cosas se hubieran dado de otro modo, al final habría conseguido dar esa sorpresa que buscaba, tal eran mis ganas de hacerlo que lo apunté en el calendario.
Al entrar me sentí en un espacio diferente, por la fachada no daba la impresión de que por dentro fuera así, cuando mostré mis entradas al acomodador me indicó dónde situarme. Durante mi estudio del programa me enteré de que la obra era una adaptación de una novela y que se representaba por primera vez, quise seguir con la lectura, pero las luces se apagaron.
Se inició la puesta en escena, el público se mantenía en silencio, atento a lo que estaban observando, se notaba que los actores daban lo mejor de sí, haciendo gala de una memoria tal que les permitía expresar parlamentos largos sin olvidar ni una sola línea.
La representación nos llevaba a través de una historia llena de misterio, todos estábamos atentos a cuál sería el desenlace, pues ni el más listo podía dilucidar en que devendría. De repente, en una muestra de gran manejo del escenario, una de las actrices comenzó a soltar un discurso que llenó de emoción a todos los presentes.
En ese instante comencé a sentir que una lágrima caía por mi mejilla, no era algo usual, es más, era la primera vez que me sucedía, no sabría explicarlo, probablemente era cuestión del momento, el hecho de haberme dejado llevar por la situación, olvidándome de mi, de mi posición, de todo.
Me fui a casa y me fijé en la nota del calendario, con el tiempo esta fecha adquiriría otra significación, recordaría todo aquello que había sentido.

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