Creatividad

Una compra cualquiera

De repente sonó el telefonillo, dejé lo que estaba haciendo y contesté.
—Pedido para… —me dijo una voz desconocida.
—Sí, aquí es —Abrí la puerta y me acerqué al rellano a recibir el paquete.

Últimamente me he acostumbrado a hacer compras online, resulta bastante cómodo, sin moverte de la silla puedes adquirir lo que quieras y recibirlo el mismo día o, en su defecto, al día siguiente.
Cuando hago un pedido que desearía tener ya, siento que el tiempo pasa lentamente, sin embargo, cuando el pedido es algo que no me urge, no soy tan tiquismiquis, incluso llego a olvidarlo.
Solo una vez no recibí el pedido según lo indicado.
Había comprado unos libros y a pesar de que la aplicación de seguimiento indicaba que estaba en reparto, pasado un tiempo saltó el mensaje de que se retrasaría, especificando que, si no lo recibía a más tardar en dos días, podía solicitar su cancelación.
Mi primer impulso fue el de anular el pedido y que el repartidor se fuera a burlar de otro, pero, luego reculé, me di cuenta de que sería un sinsentido hacerlo, pues tendría que volver a comprarlos, me resigné a recibirlos con retraso.

—Pedido para… —repitió.
—Sí, soy yo —Enfaticé.

Hace poco me vi en la necesidad de comprar un soporte para mi escritorio, de un momento a otro perdió estabilidad y se hizo incomodo trabajar en él, con el temor de que fuera a peor y, tras una breve investigación, logré dar con el repuesto, solo fue necesario desmontar la parte estropeada y ver las medidas que tenía. Una vez que terminé de hacerlo, hice la compra.

Se detuvo un momento y antes de entregarme el pedido continuó.
—¿Seguro que eres tú? —preguntó denotando algo de dudas.
—Hasta donde sé, yo soy yo, salvo que haya cambiado —intenté sonar amable, pero que dudara de mi afirmación me tocaba un poco los cojones.
Por un momento se hizo una pausa, yo estaba esperando una nueva ocurrencia de su parte.
—Perfecto, ¿me puedes firmar aquí? —Me acercó su móvil.
—Muy bien —Hice un garabato y me entregó el paquete.
Tras ese instante extraño, hice como sí no hubiera pasado nada, di las gracias y volví al piso.
Durante el trayecto seguí pensando en lo que había pasado, ¿yo no parezco yo?, ¿por mi nombre alguien cree que soy otro?, ¿mis características no se ajustan a lo que alguien previsualiza en mi nombre?
Nunca había caído en un razonamiento de este estilo, probablemente tenía la cara de otro apelativo y no del que tenía, pero yo era yo, eso no lo ponía en duda, no había la posibilidad de que fuera otro, además tenía la documentación que lo sustentaba, ¿Yo era yo, porque lo decía un papel?, ¿qué me hacía ser yo?
Curiosamente solo había pedido un repuesto, pero ahora me estaba rompiendo la cabeza, las interrogantes ontológicas me surgían una tras otra y no se detenían. Igual hubiera sido mejor preguntarle al repartidor, porque consideraba que yo no era yo y en qué se fundamentaba para tal afirmación.

Seguí con interrogantes, por eso no bien estuve en mi habitación hice una llamada.
—Hola, ¿cómo vas?
—Yo muy bien, ¿tú?
—También, no me puedo quejar. ¿Tienes un minutito?
—Sí.
—¿Te puedo hacer una pregunta?
—Claro, dispara.
Le explique sin más detalles lo que me había pasado.
—¿Tú crees que tengo cara de…?
—No…
—¿Entonces cara de qué tengo?
—Tienes cara de tonto, nada más.
Con esa respuesta comprendí que no valía la pena darle vueltas a lo que había sucedido con el repartidor, me despedí.
Solo había sido una simple pregunta sin más recorrido, quizás era yo el que estaba sacándole punta a algo sin importancia.
Cambié el repuesto y encajó a la perfección.
Cuando todo estuvo colocado, me quedé con la satisfacción de un trabajo bien hecho.
Para este momento había olvidado que yo, tal vez, no era yo.

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