Creatividad

Entendible

El vecino no paraba de gritar, lo hacía hasta que se quedaba sin fuerzas, volviéndose por momentos insoportable, pero era difícil decirle algo, hablaba en un idioma que no entendía.
Cuando estaba tranquilo parecía una persona normal del tipo que te puedes cruzar por la calle y te deja una buena impresión, con quien no tendrías problemas en charlar e incluso empezar una amistad, parecía alguien afable, normal como dije antes.
Aunque esto de ser normal tenía sus flecos, siempre he creído que ser normal o no, depende del contexto, algunos suelen utilizar el término para deslegitimar a alguien en una discusión, te sueltan un: «no me parece normal» y cualquier argumentación deja de tener valor, así de sencillo, por este motivo no me queda muy claro, debo ser duro de mollera.
Por momentos me habría gustado entender lo que profería en sus arrebatos, pero sus palabras eran sonido y furia, fruto, probablemente de algún problemilla que tendría —lo deducía por la entonación que le imprimía a su dicción.
A veces me hubiera gustado poder entenderle y decirle que no era para tanto, que por más que elevara la voz no lograría cambiar nada de lo que le hubiera pasado, en lugar de desgastarte dándole vueltas a lo hecho que pensara en el futuro, le diría: Si necesitas que te echen un cable, cuenta conmigo, estaré atento a estar ahí, pero al no saber de que iba todo, no tenía la mínima idea de cómo acercarme, por eso era mejor mantener la distancia, no quería agenciarme inconvenientes que no valían la pena, simplemente por ser un metomentodo.
A pesar de que con el tiempo sus gritos se convirtieron en parte del ecosistema de la corrala, muchos seguían sorprendiéndose, pero no hacían nada, incluso el presidente de la comunidad que, para otras situaciones, dejaba clara su posición, tenía dudas sobre si era correcto, o no, hablar con el vecino para la buena convivencia.
En ocasiones me lo cruzaba en la puerta de la calle, así como al ir a tirar la basura, solo nos decíamos buenos días y hasta luego, poco más, ¿de dónde sería?, para mi desgracia no era un experto en idiomas, salvo que no fueran el inglés, italiano, portugués, francés, alemán, árabe o ruso, se me dificultaba situarlos en algún grupo lingüístico.
Eso era lo que tenía el barrio, en ocasiones, te topabas con lenguas extrañas, a parte de las que solían pulular en el ambiente, así fue como me hice con muchos vocablos que desconocía, aprendí a pronunciarlos y a utilizarlos dependiendo de la situación.
En una ocasión pensé que lo correcto era ir y hablar con él, ya era hora de que dejara de gritar, no vivía solo en la corrala, había más vecinos y a algunos nos disgustaba. Me mentalicé para hablarle, esperaba que nos entendiéramos. Salí al patio y comencé a subir las escaleras, me haría oír y hablaría por todos los vecinos, le explicaría la situación en la que se ponía con esa actitud, además añadiría alguna frase ocurrente para hacer más ameno el intercambio de pareceres. Sin embargo, mientras ejecutaba la acción de subir los peldaños, dentro de mí empaticé con él, me puse en sus zapatos y caí en que era una tontería lo que pensaba hacer, tendría sus motivos para actuar de ese modo —nadie tenía por qué meterse en sus asuntos—, además quien debía hablar con él era el presidente de la comunidad, no un vecino cualquiera. Pensando en esto, decliné mi idea, no quería entrometerme, no quería hacer de adalid de algo que no sabía a ciencia cierta a que se debía.
Los gritos seguían, eran parte del ecosistema del lugar, que no incomodaba a nadie más, solo a mí. A pesar del interés que me podía generar tratar de entender lo que vocalizaba, llegaba un momento, todos los días, en el que me aburría, cerraba la ventana, me enfocaba en lo importante, mis tareas.

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