Creatividad
Un recuerdo sin alcance
El día no lo recordaba, podía haber sido un jueves, pues la sensación de que era una fecha como esta le sonaba.
Desde hacía tiempo tenía problemas para acordarse de los eventos, parecía que su memoria se centraba más en otros menesteres que en los de guardar los detalles de lo que hacía en su día a día, lo cual para el futuro sería perjudicial, debido a que no le permitiría revivir esos instantes, pero en ese momento no parecía interesarle, no valía la pena estar pendiente de hechos intrascendentes, sucedían como algo natural, como si se tuvieran que dar.
Solo tenía presente que, al verte, se acercó, sintió que ambos, en la soledad, podían acompañarse. Probablemente lo hizo por algo especial. Ese primer encuentro lo tenía como algo vago, un hecho sin recorrido. No tenía presente un olor, tampoco lo anexo, simplemente se dio como otros tantos hechos durante su existencia.
Se acercó, habló, hablaron y compartieron hechos, se dijeron distintas frases, se contaron secretos, se pusieron en la tesitura (tan común) en la que al recibir un comentario personal se siente el compromiso de compartir algo con el mismo valor.
Una frase, una simple oración, ¿cómo se habría iniciado aquel proceso?, aquel éxodo a lo desconocido, a esos instantes de desasosiego por estar delante de una tabula rasa en la que se podía imprimir lo que fuese, sin la necesidad de ajustarse a la realidad, sin el aprieto de ceñirse a las certezas. Se podía recurrir a la inventiva, acudir a la ficción, y, a partir de ese ardid, desplegar una serie de dispositivos para parecer sustancial, un ser merecedor de una mirada juguetona, de un susurro inesperado, de una experiencia remarcable.
No pensó que ese hecho tuviera una razón de ser, ¿era parte de nuestra naturaleza determinista?, solo lo disfrutó como vino, sin más, como si hubiera sido el afortunado al que los hados sonrieron. Por tal motivo no lo guardó como algo estimado, pasó, no estaba escrito, no era el destino; fue algo más claro, diáfano de cavilar, con solo un sentido, el de disfrutar de ese momento sin buscarle significaciones raras, oscuras, para recubrirla de un halo que le diera misticismo y las guardara con los detalles que ahora le servirían para tener la certeza del día.
Incluso aun viviendo hechos que hubieran sido destacables, la indiferencia era la mejor forma de rendirle honores a lo que sucedió, no era necesario contarle al mundo que todo fue real.
Y probablemente, si de esos hechos alguien hubiera llevado un registro, alegaría que no los recordaba de ese modo, pensaría que muchas cosas habrían sido inventadas para hacerlas más llevaderas (incomprensible costumbre de nuestra naturaleza), sin sentirse mal en el proceso, apelaría a sus distracciones.
Los años pasaron, llevaba una década a la espalda, a pesar de que deberían detenerse en un instante particular, con su paso se trajeron abajo sus falsas idealizaciones.
Cada hecho, suceso, experiencia, se posicionó, por eso tenía lagunas al pensar en ese día en particular, no tenía presente aquellos hechos anexos que cubren de nostalgia todo lo que va acompañado con adjetivos pretéritos (exégesis, en sí misma, de lo que sucedió).
Tenía tus rastros en su piel, caricias vagas que cumplieron un cometido y se esfumaron en el ocaso de aquello que pudo haber sido.
Siguió en esa tesitura, revisándose la piel en busca de aquellas marcas que le dejó aquel hecho, pero a estas alturas todo había cicatrizado, probablemente esos rastros se borraron, aunque inconscientemente habría querido guardarlos, el tiempo cumplió su cometido. Era otro, alguien distinto al que vivió esos instantes, por eso no podía traer a su presente los hechos anexos que hoy lo tendrían dibujando esas remembranzas como si las estuviera viviendo, pero por más que intentaba recordarlo tuvo que resignarse, era otro que recordaba un jueves de tantos.