Creatividad

Uso práctico

Durante el último semestre de su segundo año de formación, se les ocurrió a los tutores que la mejor forma para cumplir con el calendario lectivo era dictando un par de materias más después de clases. Lo hicieron por iniciativa propia, con el afán de dar por satisfechas las exigencias de las autoridades educativos a nivel estatal.
Esta imposición fue tomada con desagrado por el alumnado, porque sentían que era un sinsentido quedarse hasta tarde, cuando muchos tenían otras preocupaciones como jugar con la consola o salir con los colegas.
Mateo, por el contrario, sentía que no valía de nada quedarse horas extras si no cambiaban su forma de enseñar, ya que la técnica de repetir tópicos incansablemente como si rezaran, le resultaba desfasado. Asimismo, el hecho de acumular datos sin darle un uso práctico, desde su modo de ver las cosas, no valía la pena.
Este punto lo solía comentar con sus compañeros, pero era en vano hacerlo, debido a que todos iban a su rollo, mientras aprobaran, les daba igual el modo de enseñanza, estaban centrados en pasar de año como fuera, aunque en el proceso no aprendieran nada. Por este motivo se llevó más de un enfado, no era posible que tuvieran esas ideas tan simplistas, era necesario hacerles cambiar esa forma de pensar, pero costaría tiempo, tiempo que, lamentablemente, no tenía.
Por eso habló con uno de sus maestros, confiaba en que lo entendería, porque esto demostraba que el pensamiento crítico se estaba fortaleciendo en las nuevas generaciones, lo cual era esencial y significaba que la educación estaba cumpliendo su cometido. Pero al soltar su argumentario, este solo se dedicó a escuchar, una vez que terminó se quedó con la sensación que había cometido un error, no resultaba idóneo decirle a alguien en la cara que sus métodos para dictar clases estaban desfasados, esta sinceridad daba pie a que lo tomaran como un alumno problemático o que iba de listillo.
Esto lo dejo pensativo, no había valido la pena el preocuparse por su formación, qué buscaban sus maestros al hacer oídos sordos a las críticas, algo fallaba cuando se creían intocables.
A pesar de todo estaba convencido que había sido lo correcto, los que estaban equivocados eran los maestros que no querían ver sus errores.
De esta forma, sin quererlo, se había puesto en el punto de mira, comenzó a notar que tenía la vista del maestro sobre él en todo momento, algo que le incomodaba, pues se notaba espiado, no podía hacer nada sin ser monitorizado.
Todo esto por ser sincero —se dijo—, igual si se hubiera callado no estaría en esa situación.
Lo peor de todo era cuando se quedaban después de clases, parecía como sí a él le exigieran más, querían que demostrara todo lo que sabía, ya que por algo dijo lo que dijo, por algo era el sabihondo.
Ante esta situación estaba de manos atadas, más aún cuando un compañero le expresó que no estaba bien enfadar a los maestros, ya hacían mucho con los pocos recursos que tenían como para exigirles o para señalar que no hacían bien su trabajo, cuando daban todo de sí. Además, si se ponían exigentes harían repetir a todos de año y eso no les gustaría, a mí tampoco —expresó.
Así pues, de este modo, captó el mensaje, descubrió como se las jugaba la libertad de expresión.

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