Opinión

Ocultar no es mentir

A veces la realidad, en lugar de reconfortarnos, suele ser un medio frío y sumamente decepcionante, por eso, es mejor vivir a espaldas de ella, confiando en formar parte de un mundo ideal, en donde todo fluye, va de la mejor manera, así mismo, nadie nos ocasiona disgustos, malos ratos y tampoco se hacen presentes esos personajes que de forma habitual suelen estropear los días que, aparentemente, parecen ser perfectos. En el mundo las cosas no van como queremos, nuestro día a día está condicionado por terceros, es como ir en un vehículo conducido por otra persona, estamos a expensas de la pericia que tenga para llevar el coche, tren, avión, etc., los elementos necesarios para llegar a nuestro destino se centran en aquel que va al mando del mismo. Determinadas circunstancias se ven restringidas al actuar de otros.
Esto se quedó rondando en mi cabeza luego de ver la película: Perfectos desconocidos (2017, Alex de la Iglesia), versión española de Perfetti Sconosciuti (2016, Paolo Genovese).
El hilo conductor de la historia se enfoca en mostrarnos los cambios súbitos en el comportamiento de un grupo de personas ante las confidencias de sus contertulios, pasando de la sorpresa a la risa para terminar en decepción. La narración es una metáfora sobre la concepción equivocada que podemos tener de alguien; al quitarse la máscara descubren que están delante de un perfecto desconocido.
¿Es mejor vivir engañado o conociendo los entresijos de nuestro entorno?, sigo dándole vueltas a esta pregunta y no encuentro respuesta. A mí me sucede habitualmente, se me quedan fijadas abstracciones que tal vez a otros no —o probablemente sí—, incluso eso me hace divagar, ensimismarme, me traen secuelas, no quiero decir con esto que viva aislado, eso no sucede, además sería complicado, en el mundo actual, con todos los elementos que tenemos a mano se hace imposible convertirse en un asceta, claro, trocando en cierto modo el significado, no centrándonos únicamente en lo mundano y carnal, sino, también en lo tecnológico. Las premisas van y vienen, eso, en cierto modo, es lo que hace que el cerebro funcione; está bien, solo así uno se mantiene activo, la vida sería aburrida sino surgieran ingredientes que nos provoquen meditar.
El filme nos plantea varios interrogantes: ¿cuantas cosas ocultamos?, ¿qué tan sinceros somos con nuestros amigos, pareja e hijos?, ¿es bueno ser un libro abierto? o ¿es mejor guardarse cosas para uno?
En el transcurso de una cena entre camaradas a uno se le ocurre realizar un juego: se deberá dejar el móvil sobre la mesa a la vista del conjunto de invitados. Los mensajes de texto se leerán en voz alta, las llamadas serán contestadas con el altavoz activado y las imágenes serán mostradas. Con esto se podrá comprobar el grado de confianza existente entre los miembros de ese círculo íntimo. Ante la renuencia de unos y la aprobación de otros, el juego da inicio.
Para muchos el móvil es un espacio privado, es una parcela secreta. No es difícil toparse en la red con videos que abordan la cuestión de los secretos guardados en el móvil, diversos programas ofrecen dinero por dejar ver los mensajes y la lista de contactos, tanto del teléfono, como de las redes sociales. La secuencia es sencilla, una chica o chico, se acerca a una pareja, al inicio parece una simple entrevista, efectúa una serie de preguntas genéricas, para luego, al entrar en confianza, ofrecer dinero por ver el contenido del equipo telefónico. Algunos pecan de confiados, por eso se dice que la confianza apesta, seguros de sí mismos sostienen que no esconden nada, se puede examinar sin problemas. En este punto, el entrevistador se da cuenta de que han picado el anzuelo. Cuando la primera inspección no da resultados se aumenta la oferta económica. La mayoría de sujetos no suelen salir airosos de la segunda indagación, se descubre información que oculta, desencadenando en escenas de celos, así como de momentos vergonzosos. El programa nos muestra cómo se puede romper una pareja a causa de la información que se oculta. No sé si son una farsa, pero se puede observar la forma en la que muchos dicen medias verdades a sus parejas y la poca confianza que les demuestran. En estos videos los que encubren más cosas son aquellos que se jactan de ser los más sinceros del mundo, es risible la forma en la que los desenmascaran y luego van detrás del ser amado pidiendo disculpas.
¿Cuanta información nos guardamos?, ¿alguna vez nos hemos puesto a pensar en ello? Muchas veces, no medimos las consecuencias de nuestras decisiones, a veces por no herir a alguien nos reservamos los pormenores de ciertos eventos, para quedar bien contamos pequeñas mentiras. No nos ponemos a pensar en el disgusto que nos puede ocasionar una falacia cuando se convierte en un asunto que se nos sale de las manos, es una bola de nieve y se va haciendo más grande conforme pasa el tiempo. Cuanto más tarde la parte afectada las descubra, más complicada será la reacción, no obstante, es parte de nuestra naturaleza obviar ciertas cosas. No creo que existan las personas ciento por ciento sinceras.
¿Prefiero vivir engañado pensando en la lealtad de los que me rodean?, ¿mi pareja es fiel?, ¿vivo apartado de la hipocresía?, ¿la gente me valora por lo que soy y no por otros factores anexos? o ver la cruda realidad; la peor cara de ese mundo circundante. ¿Prefiero ser un tonto feliz o un listo desventurado? Es complicado el asunto, por más que le doy vueltas, siento que a veces uno mismo se engaña para sobrellevar la existencia que se va haciendo más dura con el paso del tiempo, esto no significa que se viva en una burbuja, sino, es simplemente un acto de supervivencia.

Mitchel Ríos

Lume

Agli